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Biblioteca
en la ciudad de Borges.
La biblioteca es una entidad arquitectónica proclive a concepciones metafóricas:
son los cobijos físicos y simbólicos del saber y de la memoria humana, lugares
donde un lector (lectores como Borges, como el Austerlitz de W. G. Sebald o el
que descubre en una biblioteca sueca la «Enciclopedia de los Muertos» en el
cuento de Danilo Kis) acude no sólo a leer sino al hallazgo de documentos que
contienen la sabiduría y el misterio del mundo. El edificio de la
Biblioteca Nacional en Buenos Aires envuelve
una pequeña historia curiosa. Una de esas historias que ponen la realidad en el
borde del universo de lo literario; que nos obligan a pensar que hay algo muy
complejo, extraño y fantástico en torno a la realidad y que lo que aparecen como
casualidades jamás son meros azares, sino una especie de signos sin un
significado concreto sino infinitamente abierto, cuya función primordial es
recordarnos constantemente que existe algo inaprensible en torno al modo en que
la realidad se hace visible, interconectando tiempos y lugares e incluso seres.
En 1961, el arquitecto Clorindo Testa ganó el concurso convocado para el nuevo
edificio de la Biblioteca Nacional de la República Argentina. Durante el proceso
de los trabajos de excavación previos a la construcción, en 1971, se descubrió
el fósil del caparazón de un gliptodonte: un mamífero prehistórico herbívoro,
extinguido hace más de 10.000 años y considerado antepasado del armadillo, que
llegaba a tener un tamaño de tres metros y a sobrepasar la tonelada de peso. Las
corazas de este animal fueron comprendidas como una forma de arquitectura por
los humanos primitivos, que las emplearon como refugios. Clorindo Testa
reconoció un vínculo evidente entre aquel hallazgo y su proyecto: como si la
latencia de aquella ancestral estructura orgánica que diera origen a una primera
estructura arquitectónica hubiera emergido, inspirándole la forma del cuerpo del
edificio a levantar en aquel preciso lugar.
Vasto cuerpo rectangular.
El proyecto debía permitir que se respetase al máximo la vegetación existente y
la mayor cantidad posible de superficie libre, ya que el edificio se asentaría
sobre un jardín de gran valor histórico y natural. Por ello, Testa proyectó un
vasto cuerpo rectangular, apoyado en el suelo con cuatro robustos pilares, donde
se alojan ascensores y escaleras, situando en la planta baja el vestíbulo. Este
recurso permitió generar una plaza cubierta. Los depósitos de libros se
colocaron bajo tierra y las salas de lectura se situaron en las plantas
superiores, sobre el volumen que contiene las oficinas administrativas, una sala
de exposiciones, un auditorio, una cafetería y un balcón terraza. El edificio de
la Biblioteca Nacional es, junto al Banco de Londres también en Buenos Aires, la
mejor obra de este arquitecto argentino nacido en Nápoles en 1923. El trabajo
expresivo logrado mediante hormigón y su impronta a nivel urbano lo convierten
en uno de los hitos de la historia de la arquitectura de la segunda mitad del
siglo XX.
En el relato de la historia de esta biblioteca es necesario tener en cuenta las
tres décadas transcurridas entre la realización del diseño sobre papel del
proyecto hasta su inauguración. Treinta años se antojan cronológicamente
demasiados para culminar un edificio; y subjetivamente se transforman en una
eternidad por los desastres provocados social y culturalmente en Argentina en
ese período, a causa de la inestabilidad política generada por los sucesivos
gobiernos militares. Se suma a esto la paradoja de que fuera el nombre de Carlos
Menem, uno de los presidentes que más ahínco pusiera para la decadencia cultural
del país, el que finalmente figurara en la placa que inauguraba este soberbio
edificio. A pesar de los avatares del tiempo, la Biblioteca no ha envejecido,
sino que sigue manteniendo la fuerza y la vigencia poética de los edificios
nacidos de esa sustancia de algo intemporal. Equipo
arquitectura y construcción de
ARQHYS.com.
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